Cómo aprender a decir “¿Y a tí que te importa?”

maternidad
Tan solo unas semanas te separan de tu recién estrenada maternidad. Tu carnet de “mamá en prácticas” sigue en vigor y aún así debes enfrentarte a una decisión extremadamente complicada. Nunca fuiste una oveja más del rebaño. Jamás tomarías un camino siguiendo los pasos de otras personas, sin cuestionarte si realmente esa es tu opción. Tu espíritu trasgresor e inconformista te lleva a una espiral de razonamientos y preguntas sin respuesta que debes resolver para poder sentirte en paz contigo misma.
Entonces te planteas si realmente existe algún motivo que justifique que tu hija y tú permanezcáis más de 8 horas al día separadas. Si verdaderamente necesitas todas esas cosas materiales en las que gastas tu salario, pero sobre todo, si tu hija necesita todo eso en lo que inviertes el dinero. Te preguntas si existe para ella algo mejor que la oportunidad de descubrir el mundo de tu mano y más valioso que tu tiempo y dedicación.

También es el momento de pensar en ti, de valorar si necesitas sentir esa “independencia económica” o si quizás puedes ver a tu familia como un equipo donde cada uno juega un papel y todos son importantes, aunque no todos tengan un salario asociado.
Debes decidir si para sentirte importante necesitas sentarte todos los días en tu despacho o si por el contrario, no existe nada más importante que poder vivir junto a ella todas las primeras veces de esta etapa irrepetible de su vida.
Es el momento de hablar con tu pareja, de ser fieles a vuestros principios y de construir desde cero la clase de familia en la que os queréis convertir.
Y de repente llega un momento en el que encuentras la respuesta a todas las preguntas, salvo a una: “¿Cómo no lo viste claro desde el principio?”
Vas a vivir la maternidad a tu manera, porque no puedes concebirla de otra forma, porque no puedes traicionarte ni a ti misma ni a tus convicciones. Lo has decidido… tu hija no irá a la guardería.
Y ahí estás tú con tu sonrisa de oreja a oreja, feliz de ver el precioso equipo que formáis, dirigiéndote al super para hacer la compra, hasta que una señora a la que no conoces de nada, de repente te dispara: ¿No va a la guardería?
Tú le sonríes y respondes: “No, no es necesario. He dejado de trabajar para ocuparme personalmente de su crianza”.
Pero la señora no se queda conforme. Ella decidió llevar a sus hijos a la guardería y lo que tú le planteas le incomoda. Piensa que te has equivocado y te lo hará saber: “Se va a hacer una mimada… no va sociabilizar con nadie… cuando empiece el cole llorará sin parar… se va a aburrir todo el día contigo…”
Tú le vuelves a sonreír: “Bueno, ya iremos viendo conforme vayan llegando las cosas”.
Llegas a casa dándole vueltas a la cabeza pero convencida de tu decisión. Crees firmemente que si tu hija crece rodeada de amor, transmitirá amor a los demás, que existen lugares alternativos a las guarderías donde relacionarse con otros pequeños y que cuando llegue el momento del cole será otra etapa bien distinta y encontraréis la manera de que suceda con naturalidad y respeto.
Otro día te aborda alguien más cercano a ti. En esta ocasión el cuestionamiento te resulta más doloroso: “Claro, con dos sueldos viviríais más desahogadamente… Tantos años de estudio para nada… ¿Entonces te vas a quedar en casa sin hacer nada?”
Intentas explicar que no es una decisión tomada a la ligera, que habéis hecho números y que podéis ajustaros el cinturón un poco en favor de lo que consideráis un gran beneficio para la pequeña. Tratas de recordarle que las cosas más valiosas de la vida no se compran con dinero y aunque te sientas algo tonta mientras lo haces, también intentas hacerle ver que la cultura y el conocimiento adquirido durante estos años no va a desaparecer de tu cabeza por dedicarte a la crianza de tu hija. Antes de terminar esta desagradable conversación dedicas también unos cuantos minutos a explicarle que la crianza de una hija es una gran responsabilidad y que dedicas muchísimo tiempo al día a formarte para hacerlo lo mejor posible, que no te sobra ni un minuto al día y que desde luego no te parece que esto sea “no hacer nada”.
Después llega el pediatra en plan “ordeno y mando”  y suelta su dictamen: “Debe ir a la guardería”.
En esta ocasión, el sentimiento es otro, ahora estás muy enfadada. Aún así intentas nuevamente explicar de la forma más respetuosa posible tu posición al respecto.
Le explicas los grandes avances que estáis consiguiendo juntas, el gran equipo que formáis. Tratas de hacerle ver cuánto tiempo y dedicación inviertes en ayudarla a superar sus dificultades y que en un aula con otros 18 niños esto no sería posible.
También le comentas el tema de sus desórdenes sensoriales y cómo los trabajáis. Intentas explicarle con el corazón en la mano que llevarla a la guardería le provocaría un sinfín de crisis nerviosas ya que cuando pierde el control solo tú puedes ayudarla a salir. Le pides que entienda que aún no ha llegado su momento y que tú prefieres respetar sus tiempos y sus procesos.  Insistes en tu convicción de seguir trabajando un poco más y que cuando esté preparada, tú lo sabrás ver.
Pero la expresión de su cara no es la que esperas. La etiqueta “madre sobreprotectora” aparece en su frente con letras parpadeantes.
Nadar contracorriente nunca ha sido fácil y menos en una sociedad como la nuestra donde la mayoría decide dejarse arrastrar por la marea, sin cuestionarse nada.
Pero para ti, esto es sólo una etapa más. Estás muy hecha a mantenerte firme en tus convicciones a pesar de no ser respaldada por los que te rodean, no necesitas su aprobación (aunque una palmadita en la espalda siempre te da algo de aliento para seguir).
Pero la cosa no queda aquí, la terapeuta de la niña también necesita decirte explícitamente el gran error que cometes. Sí, esa terapeuta que solo ha visto los grandes avances de tu hija a través de los vídeos que tú le muestras. ¡Si mujer! Haz memoria… ¡la que es incapaz de conseguir nada de ella salvo llorar con la niña atrapada entre una mesa y una silla!
Qué pereza explicarle cualquier cosa a esta señora pero venga, una vez más… La Sociedad Española de Pediatría desaconseja la elección de estos centros antes de los dos años siempre y cuando exista una opción alternativa para la familia.
Antes de los dos años no existe nada que ofrecer a un niño que pueda superar los beneficios de estar con su madre. Los pequeños juegan en paralelo, por tanto, ir a guardería a edades tempranas no facilita la sociabilización. No existe ningún dato científico que respalde sus beneficios en niños con autismo frente a otras opciones y es una decisión personal de cada familia.
A veces la gente olvida que las guarderías no han existido siempre y que los niños se han criado con sus madres o familiares cercanos desde tiempos ancestrales, sin que esto provocase altas tasas de autismo.
Y tu hija cumple dos años y medio, habiendo superado multitud de dificultades. Sus desórdenes sensoriales se han suavizado hasta llegar a un nivel que roza la incredulidad de las personas que os conocen, de los expertos en la materia y hasta la tuya misma. Es entonces cuando un día como otro cualquiera, mientras jugáis en el parque, se acerca a otro niño, le sonríe, le habla, le imita y empiezan a jugar juntos.
Sí, así de golpe y sin previo aviso, como siempre suceden las cosas con Martina.
De nuevo eres testigo de cómo tu papel es el de ser una simple acompañante y de cómo respetando sus ritmos y sus tiempos, las cosas acaban sucediendo.
Has aprendido a estar atenta a las señales y dar la oportunidad de que las cosas sucedan con total naturalidad.
Es el momento de buscar una escuelita para tu hija, un “cole” en sintonía con los principios sobre los que se asienta la crianza de tu hija.
Las personas que os rodean, médicos, familiares, psicólogos… alaban el espíritu de superación de tu hija, sus grandes capacidades, los avances conseguidos, lo bien que se encuentra en el cole, pero, espera un momento… ¿Dónde están esas disculpas por cuestionarte sin piedad? ¿Dónde está ese “pues tenías razón”? Lo han olvidado.
Y entonces llega tu segundo hijo y sorprendentemente te encuentras con las mismas personas haciéndote las mismas preguntas ¿No han aprendido nada? Pero tú si que has aprendido.
En esta ocasión levantas bien alta la cabeza y allá vas: “No, no va a la guardería pero discúlpame… ¿Acaso este asunto es de tu incumbencia?”
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2 comentarios sobre “Cómo aprender a decir “¿Y a tí que te importa?”

    1. Estoy segura de ello Analia. No hay más que leer la forma en la que escribes sobre tu hijo para saber que tenéis una conexión especial de la que se puede sacar un gran provecho para ayudarlo a superar dificultades y claro que sí! , esto repercute en la felicidad de toda la familia.
      Un abrazo fuerte!

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