Cuando cosas “imposibles” suceden

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En estos últimos meses, he sentido como si el tiempo se detuviese para mi, es una sensación difícil de explicar. No sé si se os viene a la mente una de esas escenas de películas en las que se para el tiempo y todo el mundo se detiene, menos un personaje. Pues yo me he sentido así pero al contrario, todos avanzaban y seguían con su vida pero yo me había quedado paralizada.
No sé si os habéis sentido así alguna vez pero a mí no es la primera vez que me pasa.


En fin, a lo que iba. En estos meses mi familia ha vivido momentos importantes, entre ellos la boda de mi hermana. Ella es una persona muy importante en mi vida. Tengo que reconocer que le digo poco todo lo que la quiero y si hablamos de demostrar creo que caigo en números negativos, pero es cierto que la quiero muchísimo.


Hermanita pequeña, gracias por estar ahí siempre. 
Por hacer de hermana mayor tantas veces.
Por no juzgarme nunca y aceptarme tal como soy.
Por conocerme tan bien que a veces sabes que me pasa algo antes casi de que yo misma me dé cuenta.
Por ser mi refugio en tantas ocasiones.
Por seguirme en todos mis juegos y por fascinarte con mis inventos.
Por reírte conmigo y con todas mis excentricidades.
Por no culparme por ser en tantas ocasiones un desastre de hermana.
Por aparecer en mi vida para llenarla de luz y por ser la mejor compañera de infancia que podía haber tenido.
Y lo último por lo que tengo que darte las gracias, es por haberme propuesto hace un año que los niños te acompañasen en el paseo hasta el altar. Pensé que era imposible que pudiera salir bien, que era imposible que cruzase ese pasillo con 200 personas mirándola.
Y es que a veces en la vida, suceden cosas imposibles y Martina, como no sabía que era imposible… simplemente lo hizo.
Porque Martina, si su hermano la acompaña, es capaz de derrotar a brujas y matar dragones. 
Exactamente igual que me sentía yo cuando éramos niñas y mi hermana pequeña me acompañaba.

Mi pequeño hombrecito, consigues cosas muy grandes.

También me gustaría compartir con vosotro@s el discurso que escribí para ellos.

El viaje de nuestra vida…un billete con destino abierto.
A veces, nos empeñamos en tratar de fijar este destino, queremos llegar a un lugar, a una meta. Llegar a ser, llegar a tener… para ser felices.
¿Pero, y si el verdadero viaje de nuestra vida no fuese un destino, ni un lugar, ni una meta? ¿Y si la esencia de la vida realmente se encontrase en este viaje y no en el destino final?
¿Y si la felicidad no fuese un destino sino pequeños instantes que llenan nuestro camino?
¿Y si cualquier destino fuese maravilloso siempre que nos acompañe la persona adecuada?
A veces nos preocupa tanto el destino, estamos tan ansiosos por llegar, que la prisa, nos impide disfrutar del precioso paisaje que el trayecto nos ofrece. Dedicamos el trayecto a planear el viaje. Cuando llegue comeré aquí, tenemos que visitar esto y aquello. ¡Cuando lleguemos sí que vamos a disfrutar! Y planeando el futuro, sin darnos cuenta, nuestro presente se desvanece.

El equipaje, el otro gran olvidado de la historia. Es un mero trámite, algo aburrido que hay que preparar para poder disfrutar después. Ojalá no tuviéramos que prepararlo, ojalá alguien lo hiciera por nosotros.
¿Pero… y si fuese posible disfrutar y a la vez aprender, mientras se prepara el equipaje?
¿Y cuál es el perfecto equipaje? ¿Echamos lo imprescindible? ¿Echamos de todo por si acaso? ¿Una mochila? ¿O quizás una maleta enorme?
¿Cómo saber que vamos a necesitar si no sabemos hacia donde nos dirigimos?

Ana y Juan Carlos, he tenido la suerte de poder vivir junto a vosotros los preparativos de este viaje.
Muchos años preparando minuciosamente el equipaje que desde hoy os acompañará.
Habéis cuidado cada detalle con todo el amor y la ilusión que surgía del deseo más profundo de que todo funcionase.
Un equipaje que, a lo largo de todos estos años, ha ido cambiando el formato y el contenido, a la vez que vosotros habéis ido creciendo como pareja y como personas.
La primera etapa, la más complicada. Una sola maleta para dos personas. Una lucha por el espacio. Millones de cosas que os habían acompañado hasta ese momento a las que “a priori” no estabais dispuestos a renunciar para dejar espacio al otro.
Y sin ser conscientes de ello, observar que todo empieza a fluir de forma natural. Descubrir que tantas cosas como creáis indispensables son realmente un lastre que ralentizaría el viaje. Descubrir que ese equipaje de vuestro compañero, que de forma tan recelosa mirabais al comienzo, está lleno de cosas increíbles, que nunca hubieran existido en vuestra vida de no ser porque el otro, generosamente, desea compartirlas contigo.
Y entonces la actitud cambia por completo, descubrir que cuando estáis juntos sois más grandes y mejores. El surgir del respeto y la admiración entre vosotros. Hacia esa persona que cuando está cerca tuya, consigue sacar la mejor versión de ti mismo.
He podido vivir con vosotros ese momento en el que descubrís que la mitad de las cosas que habíais guardado en la maleta, os sobran y sin miedo, os habéis desecho de todo lo inservible, dejando espacio para todo lo que está por venir.

Creo que este equipaje, vuestro equipaje, es el equipaje perfecto.
Estoy muy orgullosa de vosotros, del gran esfuerzo que habéis realizado y del resultado.
Hasta aquí la primera etapa, una nueva aventura os espera.
Y… por casualidades de la vida, esta nueva aventura para vosotros, coincide también con una nueva aventura para Fran, para mi y para los niños. Aventura, que separa nuestros caminos por una considerable distancia en km.
Ana, cuando te veo ahora me cuesta entender en qué momento has dejado de ser esa bebé rojita y llena de pelitos que me presentaron cuando tenía cuatro años diciendo: “ésta es tu hermana”.
Y la respuesta a esta pregunta la encuentro cuando te veo sonreír. Ese bebé sigue formando parte de ti, sigues teniendo la misma sonrisa.
Esa sonrisa que desde que la descubrí, ha marcado todos los momentos felices de mi infancia y que la recuerdo como la sonrisa más bonita que he visto nunca.
Casualidades de la vida también, que sea exactamente la misma sonrisa que tiene mi hija Martina. Por muchos km que nos separen, siempre que la vea sonreír, te sentiré cerca de nosotros.
Gracias Juan Carlos porque se que has puesto todo tu empeño en conseguir, que a pesar de todos los momentos difíciles, esta sonrisa se mantuviese intacta hasta hoy.

Y termino con un deseo:
Espero sinceramente, que vuestro viaje este lleno de millones de instantes de felicidad y que nunca dejéis de disfrutar del paisaje que este viaje, el viaje de vuestra vida, os ofrece.
¿A dónde? Hasta el infinito… y más allá.

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