Decir adiós y seguir adelante

Tuvimos que decir adiós a nuestro Jardín de Momo, muy a nuestro pesar. Me fui con la sensación de estar en deuda con la escuela porque siento que a lo largo de estos dos años no hemos podido aportar tanto como hemos recibido de ella.

La mala experiencia la dejó muy marcada y desde ese día, cualquier ruido fuerte tipo sirena, motos, obras urbanísticas o lo que fuese, le recordaba lo sucedido y volvía a entrar en crisis.

Recuerdo la ansiedad que yo también sentía en esos días cada vez que me acercaba a recogerla.
Cuando llevábamos una semana así aproximadamente, le pregunté a Tula, acompañante del Jardín: ¿Crees que debo empezar a preocuparme? (¡Vaya pregunta!  llevaba preocupada desde el primer día…).
Ella me dijo que no, que la acompañarían en este proceso por el que estaba pasando.
Cada día al recogerla tenía esa carita de miedo que me taladraba el alma. Estaba allí, abrazada a alguno de sus acompañantes como una bebé pequeñita, tan indefensa, tan frágil, tan vulnerable.
Ellos le intentaban transmitir toda la paz que les salía de dentro, la abrazaban, la acariciaban, a veces hasta la porteaban (imagino que durante horas).
Vivían con ella ese momento, sin juzgar si tenía motivos para sentirse así, sin hacer ninguna valoración ni juicio acerca de su comportamiento. La acompañaban emocionalmente. A veces nos perdemos buscando cuales serán las palabras perfectas para sacar a alguien de su estado, para animar o hacerle ver que  no tiene sentido tanto sufrimiento, sin darnos cuenta que la persona que sufre no puede escuchar, lo que necesita es sentir y ser escuchada.
Cuando me iba acercando y contemplaba la escena desde lejos, me daba lástima romper ese momento de intimidad tan mágico que se creaba entre la niña y sus acompañantes. Y es que en el Jardín, el tiempo se mide de forma distinta. No hay prisa, cada proceso dura el tiempo necesario. No hay valoraciones ni juicios y un abrazo, puede incluso parar el tiempo.
Un mes después de que los ensayos desencadenasen esta etapa, Martina sintió la seguridad suficiente como para volver a jugar con normalidad en el parque.
En ningún momento nadie mostró incomodidad alguna hacia Martina, todo fueron gestos de amor, de empatía, de comprensión y de respeto hacia ella y hacia nuestra familia.
Por difícil que resulte creer, existen lugares donde la palabra inclusión sobra, el Jardín de Momo es uno de ellos. La necesidad de dar cabida y acogimiento a las necesidades de todos es algo incuestionable que fluye por todo el espacio como pilar fundamental de la filosofía del Jardín.
Cada cambio o novedad que aparecía en la rutina del Jardín era pensado teniendo en cuenta en qué forma podría afectarle a Martina y cuál sería la forma en la que ella podría sentirse más cómoda.
Por si alguien sigue pensando que los ratios no importan, hago un pequeño inciso para recordar que en el Jardín hay 3 acompañantes para 15 niños que hacen que todo esto sea posible.
Creo que os podéis imaginar cómo me siento al tener que dejar atrás un espacio tan maravilloso como este. No sé si estoy enfadada porque cuestiones laborales nos han obligado a trasladar nuestra residencia a Barcelona o frustrada por no poder traerme a Diego, Tula y Vanesa (sus acompañantes) con nosotros, pero la realidad es que no nos queda más que aceptar que esta inolvidable etapa ha terminado para nosotros.
Empezamos una nueva vida en Barcelona que, como no, hemos comenzado a organizar por nuestra primera y absoluta prioridad: encontrar una escuelita afín a la  misma filosofía.
Y la hemos encontrado, o al menos eso creo. De nuevo nos salimos del sistema educativo tradicional para apostar por una Escuela Libre, constituida por una cooperativa de padres y acompañantes con un ratio de un acompañante por cada 7 niños.
Empezamos el período de adaptación la próxima semana. Un periodo sin fecha límite, ya que ella será la que irá marcando el ritmo de nuestros pasos y en el que su hermano Guille y yo, estaremos presentes en la escuelita todo el tiempo que necesite para sentirse cómoda.
Creo que no me equivoco al decir que Guille va a tener un papel fundamental en la adaptación. Ya os he comentado en varias ocasiones la seguridad que el pequeño (que ya va dejando de ser tan pequeño y en tres semanas cumplirá 2 añitos) transmite a su hermana.
Durante estos días hemos ido con los niños a la nueva escuela para que Martina se vaya familiarizando con el espacio. Ya sabéis, Guille explorador intrépido se alejaba sin mirar atrás para descubrir nuevos lugares desconocidos mientras Martina, revoloteaba a nuestro alrededor gritando: ¡Guille noooo! ¡No te vayas! ¡Me da miedo! ¡Es peligroso!
Después de explicarle que aquel era un lugar seguro en el que Guille podía ir a jugar si le apetecía y que ella, si quería, también le podía acompañar, salió corriendo tras él. Os cuento esta escena porque creo que es un anticipo de lo que vamos a vivir estos dias en la escuela. Ellos son un equipo, se cuidan el uno al otro y se protegen las espaldas. Estoy segura de que de la mano de su hermano, Martina encontrará pronto su lugar.
Cuando se haya hecho con el espacio, iremos paulatinamente retirándonos para dejarla vivir esta nueva experiencia que espero y deseo que sea enriquecedora y constructiva para ella.

¡Una nueva vida nos espera! ¡Hasta el siguiente capitulo!

 

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2 comentarios sobre “Decir adiós y seguir adelante

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