La esencia de la maternidad atípica

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La maternidad… cóctel de sentimientos que te sumerge en un mundo que nunca imaginaste. Siempre acompañada  de esa dualidad enfrentada de no parecerse en nada a las expectativas con las que tantas veces soñamos y a la vez, plagada de instantes tan intensos que cortan la respiración.
La maternidad es ese huracán que elimina de mi cabeza la imagen de madre todopoderosa que había creado durante el embarazo para hacerme sentir en tantas ocasiones pequeña y débil.
La maternidad es esa pesa que me hace bajar de la nube  para enseñarme que ni leyendo todos los libros del mundo sobre crianza, ni escuchando a los mejores profesionales de todos los ámbitos que implica la crianza, ni siquiera si pudiera volver  atrás sobre mis propios pasos y mis hijos volvieran a nacer, tendría en mi poder todas las respuestas y volvería a equivocarme millones de veces.

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Distintos planteamientos, el mismo resultado

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El pequeño Guille, siempre sediento de experiencias y emociones por vivir. Para él los modelos teóricos no son suficientes, necesita tocar y sentir para poder entender.
No importa cuántas veces se caiga, incluso en la misma piedra. Si existe una mínima posibilidad de alcanzar su objetivo, lo intentará.
No teme a nada ni nadie salvo a una cosa: a perder una oportunidad para aprender, aunque sea de sus errores. Siempre planeando e inventando actuaciones en las que por la cantidad y la improvisación de las mismas, suele salir con algún golpe que otro y con una idea en su cabeza: “¿Qué ha pasado? ¡Tengo que intentarlo otra vez!”.
Valiente y obstinado, con esa carita de “estoy aquí para comerme el mundo”. El miedo no es rival cuando se plantea un objetivo.

Cómo aprender a decir “¿Y a tí que te importa?”

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Tan solo unas semanas te separan de tu recién estrenada maternidad. Tu carnet de “mamá en prácticas” sigue en vigor y aún así debes enfrentarte a una decisión extremadamente complicada. Nunca fuiste una oveja más del rebaño. Jamás tomarías un camino siguiendo los pasos de otras personas, sin cuestionarte si realmente esa es tu opción. Tu espíritu trasgresor e inconformista te lleva a una espiral de razonamientos y preguntas sin respuesta que debes resolver para poder sentirte en paz contigo misma.
Entonces te planteas si realmente existe algún motivo que justifique que tu hija y tú permanezcáis más de 8 horas al día separadas. Si verdaderamente necesitas todas esas cosas materiales en las que gastas tu salario, pero sobre todo, si tu hija necesita todo eso en lo que inviertes el dinero. Te preguntas si existe para ella algo mejor que la oportunidad de descubrir el mundo de tu mano y más valioso que tu tiempo y dedicación.

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La otra mitad de mi corazón

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Esperé unos segundos a que cuerpo y mente estuvieran preparados… respiré profundo. En esa sala, que pude sentir como nuestro refugio. Sólo estábamos nosotros tres, junto a aquella matrona que tan bien supo ocupar su rol. En aquella oscuridad que tanto necesitaba, teniendo todo el papel protagonista que me correspondía, como madre y mamífera. Escuchando las señales que mi cuerpo me enviaba… mi mente no estaba en aquel lugar. Conectada con mis instintos más animales, me dejaba llevar por esa marea cálida que hacía estremecer mi cuerpo de forma rítmica.

Y supe que había llegado el momento, que en ese instante, mi vida cambiaría para siempre.

Mi cuerpo sabía lo que tenía que hacer, y de nuevo me dejé llevar hacia aquella explosión de sentimientos. Sentimientos opuestos, lo que me permitiría abrazarte al fin, también haría que nos separásemos para siempre. Continuar leyendo “La otra mitad de mi corazón”

El poder de la bata

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Aunque he tenido la suerte de encontrar a muy buenos pediatras en esta aventura de ser mamá de una pequeña neurodiversa, me veo aquí escribiendo sobre las excepciones.

Tengo que decir que no me refiero a pediatras que hayan cometido errores en el ejercicio de su profesión, sino a pediatras que por una razón que aún desconozco, deciden hacer intrusismo profesional, y con el poder que les otorga su bata blanca, se ponen a hacer las veces de asesores de lactancia, nutricionistas, psicólogos, expertos en sueño infantil, expertos en mi hija a la que conocen de hace dos segundos y si me apuras, de suegra, vecina cojonera y hasta portero cotilla.

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Temido momento

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Sé que se acerca el temido momento, miro el reloj… Son las siete de la tarde, en una hora comenzará todo. Me empiezo a preparar psicológicamente, respiro profundo, varias veces.

Te miro y veo en ti un gesto serio. ¿Cuál será ese desencadenante que te hará estallar?
Hoy ha sido un día agotador, no sé si podré hacerlo, ojalá no tuviera que hacerlo. Enseguida rectifico, sí que puedo, tengo que hacerlo, tú me necesitas fuerte.
Vuelvo a mirar el reloj intentando detener las agujas, pero ellas siguen, acercándose cada vez más.
Empiezas a llorar… me preparo. Me aseguro de que todos los presentes han entendido el protocolo de actuación: todo en absoluto silencio, nadie entrará en la habitación hasta que yo salga. Última respiración profunda, ¡venga vamos!

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Y ese día llegó

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Cuando conocí a las que a día de hoy son las terapeutas de mi hija, mi actitud era muy escéptica y crítica. Tenía grandes heridas de guerra marcadas por los fracasos anteriores.
Parecía imposible poder encontrar un abordaje capaz de compatibilizar todos los aspectos que considerábamos indispensables:
– La terapia debía ser respetuosa con nuestra forma de entender la crianza.
– Debía de ser respetuosa con mi hija. No soy partidaria de la terapia conductista. No es alguien a quien hay que cambiar, no quiero modificarla para conseguir un comportamiento normotípico. Ella no es normotípica y no espero que se parezca a algo que no es.
– Debía de ser capaz de aportarle algo. No podía consistir en un lugar en el que ella demostrase habilidades ya aprendidas. Tenía que aportarle algo en sí.
– Mi pequeña tenía que ser feliz y divertirse durante la terapia. ¿Qué forma de ayuda es esa que te hace sufrir? Desde luego no la que buscaba.

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