El autismo y las infancias robadas

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Siento como el viento acaricia cada uno de mis cabellos, siento su movimiento individual, un cosquilleo que resulta agradable y me eriza la piel como resultado de un escalofrío que entra en cada célula.

Contemplo aquella ingeniosa ocurrencia, una cinta de plástico que he ido consiguiendo a base de recortar cientos de cuadrados concéntricos que se hacen infinitos para la percepción de una niña de tan solo 6 años. Ingenioso, excéntrico, una simpleza o algo carente  de sentido según el criterio de quien lo juzgue, pero para mí, un instrumento que convierto en una extensión de mi cuerpo. Me permite fundirme con el entorno y sentirme viento, sol, un elemento más de la naturaleza. Los límites que marcan dónde empiezo y acabo desaparecen para formar parte de un todo.

Aquella cinta y ahora yo, como parte viva de ella, podemos ser cualquier cosa que deseemos, volamos. Todas las formas son posibles mientras bailamos al son del viento cálido de la costa tropical, a través de una pequeña ventana que formaba parte de la inmensa cristalera de la casa de mis abuelos. Un hogar que siempre me acogió con amor y que guardo en mi corazón entre los mejores recuerdos de mi infancia.

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Decir adiós y seguir adelante

Tuvimos que decir adiós a nuestro Jardín de Momo, muy a nuestro pesar. Me fui con la sensación de estar en deuda con la escuela porque siento que a lo largo de estos dos años no hemos podido aportar tanto como hemos recibido de ella.

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Distintos planteamientos, el mismo resultado

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El pequeño Guille, siempre sediento de experiencias y emociones por vivir. Para él los modelos teóricos no son suficientes, necesita tocar y sentir para poder entender.
No importa cuántas veces se caiga, incluso en la misma piedra. Si existe una mínima posibilidad de alcanzar su objetivo, lo intentará.
No teme a nada ni nadie salvo a una cosa: a perder una oportunidad para aprender, aunque sea de sus errores. Siempre planeando e inventando actuaciones en las que por la cantidad y la improvisación de las mismas, suele salir con algún golpe que otro y con una idea en su cabeza: “¿Qué ha pasado? ¡Tengo que intentarlo otra vez!”.
Valiente y obstinado, con esa carita de “estoy aquí para comerme el mundo”. El miedo no es rival cuando se plantea un objetivo.

La princesa de la boca de fresa

Esta desde luego no es la mejor de sus fotos, ni lleva el modelo más idóneo (chándal y encima disfraz de Elsa de Frozen).
Sin embargo esta foto marca un antes y un después en nuestra vida. Mientras la hacía, estaba tan emocionada que casi no podía pulsar el botón.
Muchos ya sabéis que Martina presenta un trastorno alimenticio bastante acentuado debido a sus desórdenes sensoriales. Debido a la fuerte intolerancia que presentaba a la textura de la fruta, ésta estaba totalmente restringida de su dieta.

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Nuestro “Cole”

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Siempre me ha gustado soñar a imaginar. Cuando mi pequeña aún estaba dentro de mí, me gustaba soñar imaginando qué clase de persona sería. La imaginaba siendo una de esas personas que cuando hablan puedes oír cómo el interior de los que la escuchan hace “click” y algo cambia dentro de ellos. La imaginaba segura de sí misma, con ideas propias y capaz de alzar la voz para cambiar las cosas con las que no estuviera de acuerdo. Una luchadora capaz de mostrar al mundo una visión diferente de la realidad. Alguien para quien frases como “siempre se ha hecho así”, o “porque sí” no tienen ningún significado.

¡Y es que realmente mi hija es así! Voy a tener que ir dejando lo de imaginar…

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