A mi compañero neurotípico

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Como uno de esos maravillosos paisajes donde mar y montaña están tan cerca que resulta difícil establecer dónde está el límite entre ambos. Tan diversos, tan opuestos, tan diferentes… ¿O tal vez no?
Ambos hermosos al ser observados como espacios individuales. Belleza que se ve multiplicada cuando levantas la vista y tienes el privilegio de observar la grandeza que juntos componen. Y cuando descubres estos paisajes, la idea preconcebida que tenías sobre la necesidad de elegir entre “playa o montaña” se desvanece. No existía tal necesidad.

Mientras muchos dedican su tiempo a poner límites, a marcar diferencias y a encasillar, la naturaleza nos demuestra que formamos parte de un todo. Todo es gradual, los límites no existen. Los límites los dibujamos nosotros para tratar de entender, clasificar y ordenar un mundo tan complejo y diverso que en tantas ocasiones se escapa a nuestro entendimiento.
La gota de lluvia que cae sobre la cumbre se desliza dejándose llevar por la ladera de la montaña. A ella se unen más gotas que finalmente desembocan en el mar y poco después, el agua se evapora y de nuevo se condensa para dar paso a la lluvia. ¿Acaso esta gota se detiene a marcar el límite entre un estado y otro? Se deja llevar, forma parte de un ciclo, de un todo. Es lluvia, es río, es mar y es nube, no puede ser encasillada.

Mar y montaña formando parte de un mismo paisaje. A veces la escalada hasta la cima de la montaña se puede alargar incluso varios días, haciéndote creer que has abandonado la playa. Pero entonces pisas la cima y al asomarte para contemplar esa maravilla de la naturaleza, te das cuenta de que aunque tus pies se apoyen sobre la montaña, sigues estando en el mar.

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