El autismo y las infancias robadas

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Siento como el viento acaricia cada uno de mis cabellos, siento su movimiento individual, un cosquilleo que resulta agradable y me eriza la piel como resultado de un escalofrío que entra en cada célula.

Contemplo aquella ingeniosa ocurrencia, una cinta de plástico que he ido consiguiendo a base de recortar cientos de cuadrados concéntricos que se hacen infinitos para la percepción de una niña de tan solo 6 años. Ingenioso, excéntrico, una simpleza o algo carente  de sentido según el criterio de quien lo juzgue, pero para mí, un instrumento que convierto en una extensión de mi cuerpo. Me permite fundirme con el entorno y sentirme viento, sol, un elemento más de la naturaleza. Los límites que marcan dónde empiezo y acabo desaparecen para formar parte de un todo.

Aquella cinta y ahora yo, como parte viva de ella, podemos ser cualquier cosa que deseemos, volamos. Todas las formas son posibles mientras bailamos al son del viento cálido de la costa tropical, a través de una pequeña ventana que formaba parte de la inmensa cristalera de la casa de mis abuelos. Un hogar que siempre me acogió con amor y que guardo en mi corazón entre los mejores recuerdos de mi infancia.

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La princesa de la boca de fresa

Esta desde luego no es la mejor de sus fotos, ni lleva el modelo más idóneo (chándal y encima disfraz de Elsa de Frozen).
Sin embargo esta foto marca un antes y un después en nuestra vida. Mientras la hacía, estaba tan emocionada que casi no podía pulsar el botón.
Muchos ya sabéis que Martina presenta un trastorno alimenticio bastante acentuado debido a sus desórdenes sensoriales. Debido a la fuerte intolerancia que presentaba a la textura de la fruta, ésta estaba totalmente restringida de su dieta.

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Y ese día llegó

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Cuando conocí a las que a día de hoy son las terapeutas de mi hija, mi actitud era muy escéptica y crítica. Tenía grandes heridas de guerra marcadas por los fracasos anteriores.
Parecía imposible poder encontrar un abordaje capaz de compatibilizar todos los aspectos que considerábamos indispensables:
– La terapia debía ser respetuosa con nuestra forma de entender la crianza.
– Debía de ser respetuosa con mi hija. No soy partidaria de la terapia conductista. No es alguien a quien hay que cambiar, no quiero modificarla para conseguir un comportamiento normotípico. Ella no es normotípica y no espero que se parezca a algo que no es.
– Debía de ser capaz de aportarle algo. No podía consistir en un lugar en el que ella demostrase habilidades ya aprendidas. Tenía que aportarle algo en sí.
– Mi pequeña tenía que ser feliz y divertirse durante la terapia. ¿Qué forma de ayuda es esa que te hace sufrir? Desde luego no la que buscaba.

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